El secuestro masivo de niños es un delito constitutivo de genocidio. Ucrania ha identificado a 19.553 menores enviados a Rusia contra su voluntad. Es lo que llevó el 17 de marzo de 2023 al Tribunal Penal Internacional a poner en busca y captura al autócrata Vladimir Putin y a su comisionada de Rusia para los Derechos del Niño, Maria Lvova-Belova. La propaganda del Kremlin comenzó a afirmar que los niños de Ucrania estaban siendo trasladados «por su seguridad», es decir, trató de camuflar un crimen de guerra tras un supuesto «gesto humanitario».
El propio Departamento de Estado de EEUU aún tiene colgada en su web la reacción a esta imputación de Putin: «El Kremlin parece decidido a borrar la existencia de Ucrania como Estado intentando robarle su futuro». « Rusia utiliza la reubicación forzosa, la reeducación y, en algunos casos, la adopción de los niños de Ucrania como componentes clave de sus esfuerzos sistemáticos para suprimir la identidad, historia y cultura de Ucrania».
'DESUCRANIZACIÓN'
MANEJO DE ARMAS
Desde el comienzo de la invasión, una de las razones para atacar Ucrania por parte de Putin era, supuestamente, proteger a los rusoparlantes. La realidad es que, en las zonas ocupadas, han sido sus tropas las que han perseguido al ucraniano, lo han prohibido y han dedicado enormes recursos a la reeducación de niños en campamentos de corte militar en los que enseñarles a odiar lo que les componía antes de la invasión. Putin no sólo se empeña en rusificar ucrania, sino en desucranizarla.
Ayer, en el marco de la Asamblea de Naciones Unidas, Ursula von der Leyen ofreció un discurso titulado Restaurando la Infancia y la Humanidad, aseguró que el secuestro y traslado forzoso de menores ucranianos por parte de Rusia es «el horror que más duele» y un intento de borrar la identidad de Ucrania.
No todos son huérfanos. Rusia ha deportado y sigue deportando a niños ucranianos a Rusia o a territorios controlados por Rusia sin su consentimiento, especialmente en campamentos de filtrado donde fueron separados de sus padres, a los que nunca volvieron a ver. A muchos les mintieron diciéndoles que sus padres no los querían y los utilizaron con fines propagandísticos. A otros tantos los entregaron a familias rusas, ya con la ciudadanía de los ocupantes. La documentación sobre estos casos es masiva y concluyente.
La reeducación que reciben muchos menores ucranianos en Rusia o en territorios ocupados mezcla rusificación ideológica con supresión de la identidad ucraniana. En la práctica, se impone el currículo ruso y el ruso como lengua de instrucción, se castiga o bloquea la enseñanza ucraniana a distancia y se difunden manuales e historias oficiales que presentan la guerra como «liberación» y tildan a Ucrania de país «neonazi». Organizaciones como Human Rights Watch han documentado esta sustitución forzosa del sistema educativo y el veto al ucraniano; la ONU describe además una «educación patriótica y militar» orientada a preparar a los menores para el servicio militar o civil bajo la Federación Rusa.
A ello se suma la militarización: en una red de más de 200 instalaciones (campamentos, escuelas-cadete, bases y centros juveniles) identificadas por la organización Yale HRL, los niños participan en formación de orden cerrado, manejo básico de armas, primeros auxilios tácticos, e incluso fabricación/ensamblaje de drones; parte de estas actividades se canalizan a través de estructuras juveniles como Yunarmiya o el Movimiento de los Pioneros (organización de origen soviético). La investigación detalla que decenas de sedes imparten entrenamiento militar sistemático y que una proporción significativa opera programas de adoctrinamiento patriótico de forma continuada. Rusia niega los hechos y los presenta como «recreación» o evacuaciones humanitarias, pero la evidencia recopilada por Yale HRL, medios internacionales y ONG muestra un patrón organizado y expansivo




